viernes, 20 de octubre de 2017

Mujeres que aman a hombres que matan


Decir que le amo no es suficiente. La palabra amor no lo abarca…ni siquiera araña la superficie..Yo le adoro. Le amo y le adoro.
-Rochelle

Esta entrada es un comentario-resumen del libro Women Who Love Men Who Kill, de Sheila Isenberg. Es un libro que trata sobre las mujeres que se enamoran y se casan con asesinos. Se trata de un libro un poco antiguo (1991) y hay que decir que no es un libro “científico” en el sentido de recopilar estudios serios en revistas con peer review pero es que hay muy poca investigación ortodoxa sobre este asunto, la mayoría es anecdótica (si algún lector tiene fuentes más rigurosas puede compartirlas en la sección de comentarios). Isenberg es una autora que investiga el tema por su cuenta entrevistando a docenas de mujeres casadas o enamoradas de asesinos (se limita a mujeres que inician relaciones con asesinos después de que han  sido condenados) así como a psiquiatras, psicólogos, abogados, policías, asistentes sociales, personal de prisiones, etc. Ella saca su conclusión de cómo son estas mujeres, que más adelante comentaremos (“pequeñas niñas perdidas”), con la que podemos o no estar de acuerdo pero cuenta una gran cantidad de experiencias y casos en el libro realmente interesantes.

El fenómeno

El fascinante fenómeno que Sheila estudia e intenta comprender es el conocido y relativamente frecuente caso de mujeres que se enamoran de asesinos confesos y condenados, de mujeres que se ponen en contacto voluntariamente con ellos, empiezan a visitarlos en prisión, se enamoran locamente y acaban casándose en muchos casos. Estamos hablando de presos condenados a cadena perpetua, a muerte, o a largas condenas y muchos de ellos sin posibilidad siquiera de libertad condicional.

Para que nos situemos bien voy a poner el ejemplo más extremo de los asesinos múltiples. Ted Bundy asesinó a treinta y un mujeres y niñas. Los estranguladores de Hillside, Kenneth Bianchi y Angelo Buono asesinaron a diez mujeres. John Wayne Gacy  estranguló a 33 hombres jóvenes y chicos. Richard Ramirez asesinó a catorce personas. David Berkowitz disparó a seis personas en Nueva York… Pues bien, todos estos asesinos múltiples, autores de los crímenes más bizarros, repulsivos e inhumanos han tenido por lo menos una mujer enamorada de ellos (Ted Bundy o Richard Chambers legiones de fans) y tres de ellos se casaron después de ser condenados por sus crímenes. Incluso el asesino de Martin Luther King, James Earl Ray, también encontró una esposa.

El criminalista francés Edmond Locard utilizó el término Enclitofilia para referirse a la atracción que algunas mujeres sienten por los criminales y muy especialmente por los asesinos o maltratados de mujeres. Hay que señalar que no existe, que sepamos, el mismo fenómeno en el caso de los hombres. No se conoce que los hombres tengan especial interés en mujeres encarceladas por asesinato, que se pongan en contacto con ellas, que las escriben por largos periodos y las visiten en la cárcel, etc.

Vamos a ver por partes cómo son estas mujeres, cómo son estos hombres y cómo es su relación, siempre según el testimonio de Isenberg. Por falta de espacio no podemos entrar en algunas de las historias que se cuentan en el libro, historias realmente increíbles, ejemplos de que la realidad supera a la ficción y, de hecho, muchas de estas historias han servido de inspiración a Hollywood para la realización de sendas películas.

Las mujeres

No hay un tipo uniforme de mujeres que se enamoren de asesinos. A lo largo del libro encontramos enfermeras, mujeres que han sido miembros de un jurado, abogadas que representaban a estos asesinos, asistentes sociales o incluso una filósofa. Pero en una mayoría si encontramos una serie de rasgos comunes. Se trata de mujeres criadas en hogares disfuncionales de clase social baja, con padres autoritarios, bebedores y maltratadores y madres pasivas, muchas veces depresivas y con ingresos hospitalarios. Otras veces los padres están ausentes y las madres son las autoritarias y en bastantes casos son de religión católica con una educación estricta represiva de la sexualidad. La mayoría de ellas se casan muy jóvenes (17-18 años) y tienen los hijos también muy jóvenes (estilo de vida cortoplacista). Sus primeros maridos suelen ser violentos, alcohólicos y abusadores sexual y emocionalmente. Muchas de ellas también consumen alcohol y drogas y una mayoría tienen trastornos de personalidad.

Son mujeres con poca autoestima y con un bajo concepto de sí mismas que buscan vincularse a figuras que para ellas son poderosas. Estas mujeres están actuando una fantasía y encuentran amor, pasión, romanticismo y compromiso donde la sociedad les dice que no deben buscarlo: con asesinos, con los señores de la muerte, los hombres que toman las vidas de otros. Ellas les encuentran sensibles, románticos, glamurosos y dignos de amor. No les asusta la muerte. Lo que otros encuentran repulsivo ellas lo encuentran deseable, quieren hablar con ellos, amarles y estar a su lado.

Otra característica de todas estas mujeres es la negación, la negación del crimen que su hombre cometió. Isenberg no ha encontrado prácticamente ninguna mujer que reconociera que su hombre era un asesino, que había matado a alguien pero que a pesar de eso ella le perdonaba. Siempre hay disculpas: que realmente no quería matar a la persona, que tuvo una vida desdichada, que el arma se disparó, fue un desafortunado accidente, fue en autodefensa, que él es una persona sensible e inteligente y que no pudo hacer eso…Y por supuesto consideran que la policía y el sistema judicial no le ha tratado con justicia y se embarcan en recursos y peleas judiciales continuas. 

Los asesinos

Ted Bundy
Los asesinos son también jóvenes de clases humildes, sin muchos estudios y con rasgos de personalidad psicopáticos que se manifiestan por conductas antisociales ya desde la niñez o la adolescencia. Consumen también tóxicos y muchos llevan una carrera que pasa por violencia, robos y atracos hasta acabar en el asesinato. 99% son narcisistas y emanan una gran seguridad en sí mismos. Las personalidades narcisistas, psicopáticas y maquiavélicas (la tríada oscura), dan la impresión de que las normas y las leyes no se aplican a ellos. Actúan de una manera segura y superior.  Estos hombres son auténticos imanes para las mujeres. Son manipuladores y seductores y enormemente carismáticos. Ellos creen en sí mismos y convencen a las mujeres influenciables para que crean en ellos también. Hay que tener en cuenta que tener una mujer es una gran beneficio para estos hombres si es que algún día quieren salir de la cárcel. Si están casados (y algunas de estas parejas tienen también hijos en común) tienen muchas más probabilidades de que se les conceda la libertad condicional porque están demostrando que son “normales”, hombres con una familia y un hogar al que ir cuando salgan de prisión.

Muchos de estos hombres son atractivos físicamente (en las imágenes tenéis fotos de Ted Bundy y  Robert Chambers a modo de ejemplo) y son hombres que han intentado mejorarse a sí mismos durante su estancia en prisión asistiendo a cursos o incluso estudiando carreras, alguno de ellos la carrera de derecho precisamente. Y tienen una cosa que las mujeres, todas las mujeres, valoran enormemente: saben escuchar. Estos hombres están interesados en embaucar a estas mujeres para su propios fines y les interesa conocerlas lo mejor posible. Además, tienen tiempo, no tienen nada mejor que hacer en prisión. Por eso las escuchan con toda la atención y esa capacidad de focalizarse en la otra persona, de escuchar realmente lo que está diciendo resulta enormemente atractivo a las mujeres. Los hombres presos están entre los mejores psicólogos del mundo porque pasan su vida (por necesidad) “leyendo” a las personas que están a su alrededor. Necesitan leer la mente de las otras personas, interpretar sus expresiones faciales, sus voces y su lenguaje corporal. Cuando un hombre se centra de esta manera en una mujer es a menudo la primera vez en la vida, para ellas, en la que nadie les ha prestado tal atención. Para ellos es pura supervivencia pero para ellas es un toque mágico, el amor de las novelas románticas, el contacto visual, ver que sigue con absoluto detalle cada una de las palabras que ella dice…

La relación

¿Cómo se conocen estas parejas? La mayoría de las veces las mujeres buscan activamente a estos hombres, bien porque han leído acerca de ellos en la prensa o les han visto en televisión o porque han visto anuncios de contactos en los que los presos piden mantener correspondencia con mujeres. Otras veces es por medio de conocidos  a los que acompañan a la cárcel porque tienen amigos o familiares en prisión y en otros casos es por contacto debido a una relación profesional: enfermeras, asistentes sociales, abogadas…

¿Qué hay del sexo? Bien, es una cuestión compleja. Es evidente que para un preso la posibilidad de tener relaciones sexuales con una mujer es un objetivo muy deseado. Pero en el momento en que se escribe este libro sólo nueve estados permiten visitas conyugales (hablo siempre de EEUU). Esto no impide que subrepticiamente mantengan relaciones en las salas de visitas, detrás de las máquinas expendedoras de comida, en bancos, en los servicios, de pies, sentados…Muchas veces las mujeres llevan faldas sin ropa interior para aprovechar el mínimo despiste o compasión de los guardias. John Money (el del caso Reimer) puso en circulación el término Hibristofilia, para referirse a la parafilia que consiste en sentirse excitado sexualmente por una persona que ha cometido un crimen terrible, como una violación o un asesinato. A diferencia de casi todas las demás parafilias que son más frecuentes en los hombres la hibristofilia es más frecuente en las mujeres.

De modo que sí, el sexo y la excitación sexual es un elemento presente en muchos casos pero, curiosamente, ninguna de las docenas de mujeres que entrevistó Isenberg tenían relaciones sexuales con sus parejas o maridos presos a pesar de años de relación. Lo que estas mujeres sienten es el amor más puro, pasional , obsesivo y romántico que pueda imaginarse. La mayoría de las veces es un flechazo a primer vista, caen como fulminadas por un rayo y su voluntad queda totalmente anulada. Simplemente sienten el amor más avasallador y obsesivo que se puede sentir y no pueden hacer más que dejarse llevar. La relación con el asesino se convierte en lo más importante en sus vidas, su razón para vivir, su sentido en la vida Para que nos hagamos una idea de hasta dónde llega la fuerza de este amor, muchas de estas mujeres tienen hijos y los abandonan y renuncian a ellos por estar cerca de sus amados. Dejan a los hijos con el marido o ex-marido o con otros familiares, dejan su trabajo, se trasladan de ciudad a cientos de kilómetros a veces para poder tener más cerca la cárcel, trabajan en dos o más trabajos para conseguir dinero para poner en marcha recursos legales para conseguir sacar a sus hombres de la cárcel. En definitiva dedican todo su tiempo, dinero y energía al asesino del que se han enamorado. Sacrifican absolutamente todo por esta relación. Y nunca, nunca jamás, serían infieles.

Muchas de estas mujeres han sufrido abusos sexuales, maltrato y en general han tenido malas experiencias sexuales. Pero con un asesino preso sienten que controlan la situación y que son poderosas. ¿Por qué? En algún sentido podemos decir que los asesinos son poderosos porque el asesinato es tener poder sobre la vida y la muerte. Pero estas mujeres al ser las que están libres son las que tienen poder sobre estos hombres así que es el poder del que controla al poderoso.  Tienen a su príncipe azul y a la vez éste no les puede hacer nada, nada malo, porque está bajo control. Isenberg plantea que para estas mujeres el sexo no es tan importante como el romance y algunas de ellos dijeron que su relación era feliz y exitosa precisamente porque no implicaba sexo. El hecho de que no haya sexo, convivencia diaria, ni las cosas habituales en el día a día de un matrimonio permite que  se mantenga la pasión, el romance, el enamoramiento. En las relaciones normales, con el tiempo, se va pasando del amor romántico a un amor más pausado, de “compañía” como se suele llamar. Pero en estos casos la relación no cambia y se mantiene eternamente en la fase de amor romántico. Los hombres prisioneros no decepcionan porque no se vive realmente con ellos.

Hay otro tema importante: el estigma que sufren estas mujeres, y aquí tenemos que hacer una distinción entre las mujeres que se enamoran de asesinos “normales” y las que se enamoran de asesinos múltiples. Las que se enamoran de asesinos típicos sufren el mismo estigma que sus parejas al estar asociadas a él. Es decir, sus familias las abandonan, sus amigos, sus hijos que no las entienden y las rechazan. Se convierten en unas parias. Sin embargo, los asesinos múltiples son celebridades y las mujeres que se casan con ellos pasan a ser celebridades también; salen en programas de televisión y los escritores y periodistas quieren entrevistarlas para que aparezcan en los libros y revistas que están escribiendo, por los que hasta sacan un beneficio económico de ello.

¿Y qué ocurre si estas parejas consiguen su sueño y el preso sale de la cárcel alguna vez y empiezan una vida en común? Hay que decir que esto ocurre muy pocas veces porque hablamos de penas a cadena perpetua que muchas veces no admiten la libertad condicional. Pero cuando ha ocurrido, en muchas ocasiones ha acabado en divorcio. No hay datos fiables pero de todas las mujeres que entrevistó Isenberg sólo en un caso hubo final feliz, un matrimonio feliz viviendo juntos. Y en algunos otros casos el asesino acabo matando a la mujer que le ayudó a salir de la cárcel y que tanto le amó y adoró.

@pitiklinov


miércoles, 18 de octubre de 2017

La creciente hipersensibilidad al daño

Nick Haslam publicó el año pasado un interesante artículo donde propone que conceptos psicológicos que se refieren a aspectos negativos de la experiencia humana han sufrido una expansión en su significado, un deslizamiento de concepto (concept creep), de manera que actualmente abarcan un mayor rango de fenómenos que antes. Esta expansión tiene dos formas: una expansión vertical y una expansión horizontal. En la expansión vertical el significado del concepto se hace menos riguroso, menos exigente, extendiéndose a variantes más leves que no entraban en la definición original. Por ejemplo, el concepto de trastorno mental ha sufrido una expansión vertical de manera que los criterios diagnósticos engloban fenómenos clínicos menos graves e incapacitantes. La expansión horizontal ocurre cuando el concepto se extiende a una nueva clase de fenómenos -cualitativamente diferente- o se aplica en un nuevo contexto. Por ejemplo, el concepto de refugiado se ha expandido para incluir a gente desplazada por catástrofes ambientales cuando antes se refería solo a personas desplazadas por conflictos.

Haslam analiza en su largo artículo seis conceptos: abuso, acoso (bullying), trauma, trastorno mental, adicción y prejuicio. Luego analiza los aspectos positivos y negativos de esta expansión de los conceptos psicológicos para tratar al final las posibles causas de este fenómeno. Cualquier explicación de esta expansión debe dar cuenta del hecho de que los cambios se dan en conceptos negativos y de que los cambios conceptuales implican expansión y no contracción. Para abreviar, yo voy a analizar sólo, a modo de ejemplo, el caso del trauma y pasaré después a la discusión y valoración de este hecho.

En un principio el concepto de trauma hacía referencia a heridas físicas (procede de la palabra griega para herida). Su causa era un suceso externo y sus efectos eran orgánicos aunque se podían manifestar con síntomas psicológicos. Este significado era el que estaba operativo en el DSM-I (1952) donde se habla de trastornos cerebrales asociados a traumas por lo que se refiere, resumiendo, a un agente físico que causa patología orgánica cerebral. En el DSM-III (1980) se produce un viraje y aparece el Trastorno por Estrés Post-traumático (TEPT) como trastorno mental. Según el manual diagnóstico, el TEPT es un conjunto de síntomas ligados a un acontecimiento traumático pero, a diferencia del DSM-I, estos síntomas  no se entienden como debidos a una herida orgánica en el cerebro sino a una herida psicológica en la mente. Esto sería una expansión horizontal.

Lo que se considera trauma, o acontecimiento traumático, ha ido cambiando con el tiempo. En el DSM-III se habla en uno de los criterios de un suceso que “originaría síntomas y malestar en casi todo el mundo” y se refiere a experiencias “fuera del rango de la experiencia humana habitual” que pueden causar heridas graves o muerte. Se refiere a violaciones, combates militares, desastres naturales, torturas, accidentes graves de tráfico…Por lo tanto, no entrarían en esta definición cosas como enfermedades crónicas, el duelo, pérdidas en los negocios o un conflicto de pareja. El DSM-III-R amplía esta definición para incluir traumas que sufren familiares o amigos, es decir, la exposición indirecta al trauma. El DSM-IV continúa incluyendo las exposiciones indirectas (p. ej. diagnóstico de enfermedad en un hijo…) y aumenta el énfasis en la subjetividad al introducir un nuevo criterio referido al estrés sufrido en respuesta a la exposición al agente traumático. Esta tendencia sería una expansión vertical.

En años recientes, expertos en trauma han propuesto incluir el parto, el acoso sexual, la infidelidad, el ser abandonado por el esposo o esposa o un cambio/pérdida del hogar. Estas extensiones se justifican porque estos sucesos dan lugar a síntomas de TEPT. Y para ver a dónde está llegando la cosa aquí tenemos una definición reciente de trauma, la de la U.S. Goverment´s Substance Abuse and Mental Health Services Administration:

“El trauma individual resulta de un evento, conjunto de eventos, o conjunto de circunstancias, que es experimentado por el individuo como emocionalmente perjudicial o amenazante y que tiene efectos duraderos adversos en el funcionamiento del individuo y en el bienestar físico, social, emocional o espiritual”

Es decir, el evento traumático ya no necesita ser un amenaza a la vida, ni estar fuera del rango de la experiencia humana normal, no tiene por qué crear malestar en casi cualquier persona. Sólo es necesario que la persona lo viva como perjudicial. Bajo esta definición el concepto se ha hecho mucho más amplio y mucho más subjetivo.

Vamos a dar por demostrado que en los otros cinco conceptos que analiza Haslam ocurre lo mismo que en el caso del trauma que hemos visto con un poco más de detalle. Por otra parte, la hipersensibilidad al daño es un fenómeno que no sólo ocurre con conceptos psicológicos sino que afecta a la vida cotidiana. En los años 50 en EEUU los niños podían jugar en la calle, ir en bicicleta a casa de un amigo y andar por ahí con tal de que llegaran a casa para la hora de cenar. Hoy en día los padres que permitan estas conductas en sus hijos pueden ser arrestados. Y en nuestro medio las cosas han cambiado también radicalmente. Resumiendo, se ha producido una sensibilidad aumentada a experiencias y conductas negativas, también se tienen más en cuenta daños por omisión, ya no por acción, y se ha ido aceptando cada vez más los criterios subjetivos para decidir si hay que aplicar un concepto. Como hemos visto con el trauma, si yo me siento traumatizado, he sufrido un trauma, aunque ese hecho objetivamente no sea de una intensidad como para producir trauma en otras personas.

Bien, hasta aquí la descripción de los hechos. Pero ahora viene la pregunta del millón: ¿Por qué está ocurriendo esto? Y aquí creo que el artículo de Haslam cojea bastante y no nos ofrece una respuesta satisfactoria, respuesta que tampoco es fácil encontrar en otra parte. Haslam propone dos hipótesis. La primera sería una explicación “darwinista” en el sentido de que unos conceptos psicológicos triunfan y se expanden más que otros, de la misma manera que unas especies tienen más éxito que otras. La segunda hipótesis se acerca más, a mi modo de ver, a la realidad del fenómeno. En ella Haslam abandona la psicología (los conceptos que él ha analizado son conceptos psicológicos) para salir al campo de las tendencias culturales en general y al campo de la moral. El fenómeno probablemente es más moral que psicológico. Haslam se apoya en las tendencias históricas que ha señalado Pinker donde se aprecia una disminución de la violencia en todos los aspectos de la vida. Pinker señala una mayor sensibilidad a nuevas formas de daño y una creciente repugnancia a la violencia.

La hipersensibilidad al daño se puede ver como una expansión del “círculo moral” (Peter Singer) y del pilar del daño según la teoría de los pilares morales fundamentales de Jonathan Haidt: se identifican más tipos de experiencias como perjudiciales y a más tipos de personas como perjudicadas, como víctimas que necesitan cuidado y protección. Las implicaciones pueden ser tanto positivas como negativas. Por un lado lo podemos ver como un “progreso moral”: nos ayuda a identificar formas de abuso o discriminación, que previamente eran toleradas, como inaceptables y podemos dar ayuda profesional a personas que tienen un sufrimiento que estaba siendo ignorado. 

Pero por otro lado, podemos aumentar el número de personas que se encasillan como víctimas y que pierden así su capacidad de ser agentes morales para ser sólo pacientes morales (teoría del encasillamiento de Gray y Wegner que propone que hay una relación inversa entre ser paciente moral y ser agente moral). Es decir, se define a las víctimas por su sufrimiento, vulnerabilidad e inocencia pero se disminuye su capacidad para salir de su situación por sus propios medios. La otra cara de la moneda es que se aumenta también el encasillamiento de los villanos morales, los abusadores, bullies o traumatizadores como únicos agentes morales.

Identificar la intimidación en el trabajo como acoso y combatirlo es un paso adelante para crear ambientes de trabajo más sanos y humanos, sin duda. Pero la extensión de la moral basada en el daño tiene también una cara oscura. Por un lado, la gente que sufre traumas, abusos sexuales o enfermedades graves puede pensar que se trivializa su sufrimiento cuando el concepto se diluye para abarcar acciones muy leves. Por otro lado, como decíamos, extender conceptos como enfermedad mental, adicción o trauma a experiencias más normales de la vida puede psiquiatrizar o psicologizar problemas de la vida y hacer que la gente los vea de forma más pesimista y se crea incapaz de superarlos por sí misma. También se corre el riesgo de ver a la psicología/psiquiatría como interesada en ampliar su campo de acción, en inflar los trastornos mentales en su propio beneficio y dar lugar a un sobrediagnóstico y sobretratamiento.

Por último, la dilución de los conceptos a formas cada vez más leves (agresión > microagresión > ¿nanoagresión?) y el énfasis en lo subjetivo nos puede llevar a una espiral o círculo vicioso moral que puede conducir a acusaciones injustificadas, a denuncias y pleitos legales y a un ambiente de cada vez mayor temor e inseguridad moral que afecte negativamente al ambiente en el que se desarrollan nuestras interacciones sociales. Desde luego que es un fenómeno digno de estudio.

@pitiklinov

Referencias:











domingo, 8 de octubre de 2017

La Paradoja Sexual

El caso Damore ha vuelto a poner sobre la mesa el tema de los hombres, las mujeres, el trabajo y la igualdad de preferencias e intereses de unos y otros. Hay un libro que trató este asunto hace casi diez años y que dice cosas muy interesantes pero que son cosas que muchas feministas no quieren oír y por ello no ha tenido mucha repercusión: La Paradoja Sexual, de Susan Pinker. 

La tesis central del libro es que, según el feminismo, el hombre es el estándar y la mujer es una variación de ese modelo con añadidos por aquí y por allá. Se supone que no debe haber diferencias de ningún tipo entre los dos sexos y si las hay tienen que ser por discriminación y por barreras. Los hombres son el modelo a imitar y sólo habrá igualdad cuando las mujeres elijan lo mismo que los hombres. La paradoja es que, aunque se están eliminando las barreras, las mujeres (las que tienen más talento y libertad de elección) no están eligiendo lo mismo que los hombres y no se están comportando como clones de los hombres. Lo que Pinker hace en el libro es estudiar la ciencia sobre las diferencias entre hombres y mujeres y hablar con las mujeres que están tomando las decisiones que no se esperan de ellas. También aborda otros temas en el libro, por ejemplo hace un seguimiento a hombres con autismo, dislexia o trastorno por déficit de atención -a algunos de los cuales ella misma atendió como psicóloga- y luego estudia cómo les ha ido en la vida, pero no voy a tratar esa parte.

El tema de las mujeres altamente cualificadas que abandonaban sus carreras por otros trabajos menos exigentes salió a la luz en EEUU en un artículo de Lisa Belkin en el New York Times en 2003 y creó bastante revuelo. Es 2,8 veces más frecuente que las mujeres dejen carreras de ciencia e ingeniería para pasar a otras ocupaciones que los hombres y 13 veces más probable que salgan del mercado laboral por completo. Y hay que tener en cuenta que las mujeres que se dedican a carreras de informática e ingeniería ganan un 30-50% más que las mujeres que eligen otras carreras. La explicación de que no hay roles de mujeres que sirvan de modelo en estas carreras no suena muy convincente porque tampoco los había en otras carreras como derecho, medicina, farmacia o veterinaria, que eran previamente disciplinas dominadas por hombres, y eso no ha impedido que las mujeres se metieran en ellas y sean mayoría ahora mismo. 

El problema actualmente no es que se les inculquen roles tradicionales a las mujeres sino más bien al contrario: que mujeres que prefieren carreras de humanidades están eligiendo ciencia para no decepcionar a los suyos. Pinker ha hablado con muchas de estas mujeres y la historia que ellas cuentan no es una historia de discriminación y de barreras. La mayoría de ellas eran mujeres con talento para las matemáticas y la ciencia y fueron animadas por sus familias y profesores a dedicarse a las ingenierías y ordenadores, cuando algunas de ellas tenían otras preferencias como enfermería. Y las mujeres que escogen carreras de ciencia las abandona el doble que los hombres. Lo que todas ellas tienen en común es que no quieren correr detrás del estatus y del dinero, que no quieren conquistar el mundo y que quieren tener una vida, que el trabajo es solo trabajo. Se suele distinguir entre objetivos intrínsecos y extrínsecos. Los extrínsecos son el poder y el dinero y los intrínsecos es trabajar en algo acorde con los intereses personales, trabajar en algo que tenga una función social, etc., y las mujeres se mueven más por recompensas intrínsecas. Y se está comprobando en todo el mundo que en los países en los que las mujeres tienen más opciones para elegir, hombres y mujeres no están eligiendo lo mismo.

Tomemos el mundo académico. Hablamos de trabajar 60 horas a la semana durante 40 años. Las mueres académicas son las que tienen la tasa más baja de fertilidad de todas las profesiones. Sólo una de cada tres mujeres que consigue una plaza fija de profesor universitario (tenure) antes de tener hijos llega a tenerlos. Las mujeres que son contratadas poco después de acabar el doctorado tienen un 50% menos probabilidades de casarse que los hombres y un 61% más de no tener hijos. Las que abandonan esta carrera lo hacen porque es incompatible con la vida familiar. Tener la capacidad de hacer un trabajo no quiere decir que la persona quiera hacerlo. Los intereses y las motivaciones cuentan. Las mujeres prefieren trabajar con personas y seres vivos y quieren ayudar a otras personas y quieren compatibilizar el trabajo con otros intereses como la estabilidad familiar y los amigos. Muchas mujeres derivan su felicidad y sentido del propio valor de más cosas que su carrera.

Tomemos la abogacía. Para que nos hagamos una idea en la abogacía norteamericana hay un dicho que es: “o duermes o ganas”. Es decir, en el mundo de las leyes no hay horas de trabajo, hay que estar disponía 24/7 para dar un servicio a los clientes y atender sus necesidades. Y si tu empresa no lo hace lo van a hacer los competidores. Pinker habla con una abogada que cobraba del orden de 800.000$ anuales  y que cambió de trabajo. Sus jefes estaban escandalizados y decepcionados como muchos jefes de mujeres en carreras de ciencias o en altos cargos. Cuenta el caso de otra mujer a la que le propusieron ser CEO de la empresa y no aceptó. Las empresas quieren tener más paridad en puestos altos y la presionaron pero ella no aceptó. Pero volviendo a las leyes. Las firmas de élite contratan más mujeres que hombres pero al de diez años sólo un 25% son mujeres. Abandonan un 60% más que los hombres. En Canadá un 60% de los estudiantes de derecho son mujeres pero luego sólo el 26% de los abogados en práctica privada son mujeres, y la cifra es similar en Reino Unido. Como dice una de las entrevistadas: “si estás seriamente interesada en una carrera no tienes tiempo par los niños y si estás interesada en criar más de un hijo no tienes el tiempo, ni el esfuerzo, ni la imaginación para llegar a la cima de la carrera”. La mitad de las mujeres en los niveles profesionales altos y de gestión no tienen hijos. Una mujer que ha llegado a la cima dice: “no hay manera de que lo hubiera podido conseguir si hubiera tenido hijos. La realidad es que los hijos son un proyecto de veinte años y la carrera es un proyecto de 20-40 años y son incompatibles”.

Pero hay una cosa absolutamente sintomática de cómo está nuestra sociedad y cuál es nuestro sistema de valores. Todas las mujeres que hablan con Pinker aparecen con pseudónimo en el libro…dicen cosas muy sensatas pero se tienen que esconder detrás del anonimato para decirlas y eso nos debería hacer reflexionar. Carolina (una de las abogadas) cuenta que salía de casa antes de que se levantara su hijo y volvía a casa después de las 18:00. Se sentía como los padres de los años 50 que tenían el tiempo justo de jugar 15 minutos con sus hijos antes de que estos se acostaran, y siente que se está perdiendo el peserollo de sus hijos y que no lo va a recuperar: “nadie me preguntó si quería ser el padre”, dice. Carolina cambió su trabajo por otro en el sistema público que le dejaba más tiempo libre para estar con sus hijos y también porque trabajaba en proyectos que reflejaban mejor sus valores. Hay estadísticas que reflejan que muchas abogadas migran a trabajos peor pagados pero mas relacionados con la justicia social. Hay datos de que las mujeres encuentran  los aspectos sociales de su trabajo más importantes que los hombres mientras que estos persiguen fundamentalmente el dinero. Se da así la paradoja de que en muchos países las mujeres ganan menos que los hombres pero están más satisfechas con sus trabajos (y hay datos de que cuanto más aumenta la igualdad menos felices son las mujeres). Las mujeres optan por trabajos menos extremos pero que ofrecen la oportunidad de tener un impacto social. 

Hay un aspecto que sí quiero comentar. El libro aporta toneladas de datos de que son las propias preferencias de las mujeres y no la discriminación (aunque pueda existir puntualmente) la causa de las diferente elecciones de hombres y mujeres. Entre otra pruebas, Pinker comenta la experiencia de los kibutz de Israel, de la que ya hemos hablado aquí. Pero ante estas pruebas se suele contestar que las elecciones de las mujeres no son libres, que se deben a un “lavado de cerebro”, a la educación y a la imposición de unos valores. Por un lado, el lavado de cerebro va ahora en la otra dirección, hay programas y libros en los colegios promocionando carreras de ciencias para las chicas. La National Science Foundation dedica 30 millones de dólares a programas educativos en ciencia , matemáticas y tecnología. A finales de los 90 el Congreso USA pasó una ley para investigar el tema de las mujeres en ciencia e ingenierías y universidades como Harvard dedican fondos de 50 millones de dólares y más a este mismo propósito. Hay que decir que no existe un esfuerzo parecido para ocuparse del fracaso escolar de los chicos, para igualar las licenciaturas y doctorados en la universidad que están ahora dominadas por las mujeres ni programas para que haya más hombres en enfermería, psicología o farmacia.

Aparte de esto, pensar que las mujeres no saben lo que quieren o que no tienen la capacidad de determinar su propio destino y que si no estuvieran cegadas por normas culturales elegirían trabajar 14 horas al día a pesar de tener hijos pequeños es una forma de infantilizar a las mujeres. El problema es que sólo una elección es la buena ¿y cuál es la opción buena? la que eligen los hombres, obviamente. ¿Y cuando serán libres las mujeres realmente? Cuando elijan lo mismo que los hombres, obviamente…

Pero es que si miramos el tema con un poco de sensatez veremos que, en el fondo, el problema no es un problema de género sino un problema de sistema laboral y de valores. Tenemos un modelo de trabajo que podemos llamar “modelo tiburón” que dice que tenemos que vivir para trabajar y hay otro modelo que consiste en trabajar para vivir, en que es bueno tener una vida… Tal vez lo que está mal no son las elecciones que están haciendo las mujeres sino el sistema de valores en el que vivimos inmersos tanto hombres como mujeres y que no es bueno para ninguno de los dos. También muchos hombres abandonan ese modelo buscando trabajos que les permitan tener una vida.

Sí, ya sé que valorar la maternidad, la familia y los amigos pone en guardia al feminismo y levanta las sospechas de que podamos volver a lo de antes, a que la mujer debe quedarse en casa y cuidar a los niños. Ante esto mi posición es que creo que tenemos que dejar de pelear la “guerra de ayer”. Esa guerra ya está ganada. Yo no conozco a nadie que eduque a sus hijas diciéndoles que no estudien y que se dediquen a buscar un marido y a quedarse en casa. Creo que es hora ya de que luchemos la guerra de hoy (y la de mañana) y que busquemos un mundo laboral menos loco y más sano para todos porque el que tenemos actualmente no es bueno para nadie.

@pitiklinov

PS- Susan Pinker acaba de publicar un artículo resumiendo las ideas que expresa en el libro















sábado, 7 de octubre de 2017

Suicidio en animales

La pregunta de si los animales son capaces de cometer suicidio no es desde luego nueva. Ya Aristóteles habló del tema y Claudio Eliano en su libro De Natura Animalium, en el siglo II de nuestra era, describe 21 casos de suicidio en animales. En esta entrada voy a seguir fundamentalmente la revisión que Antonio Preti  hizo de este tema en 2007. Vamos a ver los tipos de fenómenos en la conducta de los animales que tienen alguna semejanza con el suicidio humano e intentaremos sacar alguna conclusión al respecto. 

Suicidio Celular

En la búsqueda bibliográfica realizada por Preti muchos de los artículos recuperados tenían que ver con los mecanismos de muerte celular programada (apoptosis y autofagia) y los llamados genes del suicidio, genes que activan los mecanismos de autodigestion celular. Esta forma de concebir el suicidio se refiere a “eventos autoiniciados en un organismo que terminan con la muerte o destrucción de la entidad en la que empezó dicho evento”. Por supuesto, a nivel celular no hay intención de producir la muerte sino que estos eventos son resultado puramente de acciones precipitadas por cambios en el ambiente bioquímico. No podemos encontrar aquí mucha relación con la concepción habitual del suicidio como “lesiones o heridas auto infligidas con las que el sujeto pretende matarse a sí mismo”. En esta entrada hablamos del suicidio en las bacterias (se ha demostrado que las bacterias se suicidan cuando son afectadas por un virus lítico) y es muy interesante este tipo de suicidio desde el punto de vista evolutivo. Con los organismos multicelulares aparece la muerte como tal y también el suicidio celular. Todas las células de un organismo multicelular tienen el mismo ADN y por lo tanto la muerte de algunas de ellas para el beneficio del individuo en su conjunto se explica fácilmente. Pero no vamos  a tratar este tipo de suicidio.

Automutilaciones y Autolesiones

Muchos animales a los que se les encierra reaccionan con autolesiones o negándose a comer (en zoos, por ejemplo). Situaciones estresantes como hacinamiento, aislamiento, separación, etc., sobre todo cuando se perciben como incontrolables, dan lugar a conductas peligrosas para el propio organismo. Diversos tipos de monos se autolesionan cuando se ven en cautividad, y en esto hay una semejanza con el aumento de autolesiones y suicidio en las cárceles. El elemento común en todas estas situaciones parece ser el estrés y las alteraciones del eje hipotálamo-hipofisario que da lugar a una serie de trastornos en mecanismos del sistema opioide central y periférico. Todo este tipo de conductas tiene un parecido también con las que se ven en humanos que sufren trastornos de personalidad y se observan también en niños con diversas formas de retraso mental, en particular en trastornos congénitos como el síndrome de Lesch-Nyhan, el de Cornelia de Lange o el Prader-Willi. 

La automutilación ocurre también en muchos mamíferos (conejos, ratas, caballos…) en pájaros y se ha informado incluso de conductas de autofagia y canibalismo en pulpos. De nuevo, no podemos equiparar las autolesiones o automutilaciones al suicidio pero aquí ya la línea divisoria es algo más borrosa en el sentido de que en humanos las autolesiones pueden preceder, favorecer (ver el modelo de Joiner del suicidio) o conducir a un suicidio, aunque sea involuntariamente.

Autosacrificio altruista en humanos y animales

La conducta altruista que muestran muchos animales se parece estrechamente a la conducta suicida en humanos. Se ha documentado en los Inuit y en otros pueblos de la antigüedad que los sujetos ancianos se mataban a sí mismos o se dejaban morir , sobre todo en épocas de escasez, para no ser una carga para sus familiares (esta muerte del individuo para el beneficio del grupo recuerda a la de las células para el beneficio del organismo en su conjunto de la que hablábamos más arriba). Dar la vida por la tribu, la nación o la patria en las guerras se ha admirado y promovido desde siempre. También muchas veces las personas con depresión justifican su suicidio  como una forma de aliviar la carga y el sufrimiento de sus familiares. En algunos estudios se ha encontrado una relación entre la puntuación en altruismo y la puntuación en ideación suicida: a mayor tendencia a tener en cuenta las necesidades de los demás e ignorar las propias, mayor tendencia a ser atraídos por la muerte y menos por la vida.

Estas tendencias altruistas se podrían haber seleccionado genéticamente porque benefician al grupo , tanto desde un modelo darwinista puro (Hamilton y la inclusive fitness) como desde la selección de grupo. En este sentido hay que olvidarse del suicidio de los lemmings por el bien del grupo, popularizado por Disney, que desde luego no es tal y se debe a la emigración masiva en todas direcciones. 

Parásitos multihuésped

Los parásitos pueden a veces alterar la conducta del huésped de manera que esta conducta favorezca la propagación de dicho parásito. Por ejemplo, las bacterias y virus nos pueden provocar tos, estornudos o diarreas que les ayudan a diseminarse por la población. Pero un caso muy especial del que hemos hablado en el blog es el de los parásitos multihuésped. Estos parásitos tienen un ciclo vital muy complicado en el que van pasando por varios huéspedes hasta llegar a cerrar el ciclo y volver al huésped inicial. En muchas ocasiones la forma de llegar al huésped inicial es provocar conductas suicidas en el último huésped que hacen que sean devorados por el huésped inicial. Un ejemplo sería el Toxoplasma gondii que hace que los ratones pierdan el miedo a los gatos y sean víctimas fáciles para ellos. Otros ejemplos serían el hongo Ophiocordyceps unilateralis y el trematodo Dicrocoelium dendroticum que manipulan el cerebro de las hormigas, o los gusanos Gordiacea que infectan saltamontes y hacen que el saltamontes se suicide arrojándose al agua (conducta totalmente anómala en un saltamontes). En este vídeo puedes ver al saltamontes saltar al agua para que el gusano salga y vuelva a su medio. 
La infestación por parásitos podría ser que explicara también algunos suicidios de ballenas y de cabras (Alpine ibex) que se arrojan por precipicios. 

Algunos autores definen como suicidio también la muerte de los machos durante la copulación en algunas especies, como es el caso de la mantis, donde el macho es muerto por la hembra que suele ser más grande y agresiva. Esto ocurre también en especies de arañas (Latrodectus hasselti) donde los machos que son canibalizados copulan durante más tiempo y fertilizan más huevos que los que no lo son. 


Muerte por ayuno

Este fenómeno es probablemente el que más se acerca al suicidio humano en el que la desesperanza es un ingrediente fundamental. Hay muchas historias de perros y gatos que se niegan a comer ante la muerte del amo. En estas circunstancias se ha descrito un cuadro de malnutrición, infección y muerte. En humanos ocurren a veces casos parecidos en viudos tras la muerte de la pareja. En esta entrada ya hablamos del tema del duelo en animales. Se ha planteado, sin embargo, que en algunos casos la muerte no se debería al ayuno sino al rechazo del animal a ser alimentado por gente extraña.

Conclusiones

En la mayoría de los fenómenos revisados, es difícil hablar de intención deliberada de morir como tal, que es lo que consideramos suicidio: una acción iniciada por el sujeto con pleno conocimiento del fatal resultado. Pero aquí nos metemos en terreno pantanoso porque es muy dudoso que personas afectadas por un trastorno mental grave (una depresión o una psicosis) tengan una conciencia plena de lo que están haciendo. El suicidio no siempre es racional.

Por otro lado, en las situaciones de estrés que hemos comentado antes, tanto otros animales como los humanos buscan acabar con el sufrimiento que sienten sin planteamientos a más largo plazo. Además, tampoco sabemos hasta qué punto llega la autoconciencia de los animales, no podemos estar seguros de que los animales no son conscientes de sentimientos de angustia, desesperanza o rabia que a veces son el motor del suicido. Por ejemplo, en los experimentos de indefensión aprendida los animales aprenden que sus esfuerzos son en vano y dejan de luchar, y también hay datos de que los animales pueden planificar hasta cierto punto el futuro. Podríamos, incluso, comparar la muerte de animales debidas a un control de su cerebro por un parásito con la muerte de pacientes por un delirio de que pueden volar o ideas similares.

Especulaciones aparte, la conclusión provisional que podemos sacar es que la mayoría de los informes son anecdóticos y que no podemos hablar con seguridad de conductas en animales equivalentes al suicidio humano. Pero tampoco podemos rechazar a priori esta posibilidad. Es un tema que necesita un estudio en profundidad e investigaciones más sistemáticas. Para cerrar, os dejo una tabla con los tipos de fenómenos observados y las conductas equivalentes en humanos y en otros animales.

@pitiklinov

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jueves, 28 de septiembre de 2017

Libre albedrío y necesidad de castigar

Volvemos de nuevo al eterno tema del libre albedrío, pero en este caso de una manera indirecta. No vamos a entrar en el debate filosófico de si existe o no existe sino de cuál puede ser su función u origen. En un reciente artículo, Clark y cols. proponen que el libre albedrío sirve para justificar los impulsos a castigar al hacer a los que infringen las normas moralmente responsables, y así justificamos su castigo sin sufrir el estrés que hacer daño a un semejante implica.

Castigar es a menudo aversivo porque es hacer daño a una persona y hay una norma moral universal que dice que hacer daño a los demás está mal. Hay datos de que tenemos una aversión innata a hacer daño a un semejante y que hacer daño, o simplemente pensar en ello, produce reacciones negativas fisiológicas y emocionales. Incluso los nazis tuvieron que buscar estrategias para conseguir superar la empatía innata que despierta en nosotros el sufrimiento humano. Los soldados que participaban en los asesinatos de judíos sufrían ansiedad grave, pesadillas, trastornos gastrointestinales, etc. y las autoridades recurrían a estrategias como administrarles alcohol. Posteriormente se buscaron mecanismos que pusieran distancia entre el verdugo y la víctima para que los asesinatos fueran más fáciles de llevar a cabo. Hay también testimonios de cómo incluso en las guerras a los soldados les costaba disparar contra el enemigo. Es muy famosa la anécdota que cuenta George Orwell de la guerra civil española en la que en una ocasión descubrió a un enemigo subiéndose los pantalones después de hacer sus necesidades y que no fue capaz de disparar porque no pudo ver en él a un fascista sino a una criatura semejante a él mismo.

En el caso del castigo, que es una forma de daño, nos encontramos con una situación de ambivalencia. Por un lado, es absolutamente necesario para la supervivencia de una sociedad que  castigue a los individuos que se saltan las normas y en este caso la sociedad invalida esa norma universal que comentábamos de no hacer daño al prójimo. El castigo es un daño justificado moralmente por lo que podríamos pensar que no produce reacciones aversivas, pero esto no es así. Por un lado, es verdad que se dice que “la venganza es dulce” y que castigar a alguien que ha hecho algo malo activa el circuito de recompensa del cerebro, es decir, que produce placer. Pero también es cierto que aunque teóricamente sepamos que hay que castigar, hacerlo cara a cara no resulta fácil. Sabemos que personas que han participado en un jurado que ha sentenciado a muerte al acusado sufren pesadillas y problemas emocionales que duran meses. Verdugos que han realizado ese trabajo en nombre de la sociedad también tienen con frecuencia problemas mentales. Castigar a otros se ha asociado a depresión, estrés y menor satisfacción con la vida. Por lo tanto, el castigo supone un dilema que hay que solucionar.

Los autores del artículo lo que plantean es que hay que hacer el castigo más aceptable y que el libre albedrío sirve precisamente para eso, para facilitar el castigo y para aliviar el malestar que produciría hacer daño a otro ser humano. A pesar de que filósofos y psicólogos llevan siglos sin ponerse de acuerdo, la gente de la calle lo tiene muy claro: el libre albedrío existe. ¿Por qué la gente normal está de acuerdo y tiene resuelto el debate filosófico más complicado de todos los tiempos? Clark y cols. proponen que una de las causas de ese consenso es la necesidad de castigar. Para poder castigar tiene que estar justificado hacerlo y es de sentido común que no se puede castigar a la gente por cosas de las que no son responsables, por conductas que no han elegido libremente. A los niños o a enfermos mentales no se les considera responsables y si no creyéramos en el libre albedrío habría que extender esa inocencia a todo el mundo. La creencia en el libre albedrío permite ver a los demás como responsables de sus acciones. Por eso decíamos más arriba que castigar puede producir placer pero para ello tiene que estar justificado  y en ese caso sí puede producir una gran satisfacción.

En el artículo que comentamos los autores realizan cinco experimentos en los que no vamos a entrar. Algunos de ellos son sólo correlacionales y otros son experimentos de laboratorio en los que utilizan un juego económico en los que alguien hace algo injusto pero se manipula el grado de libertad o intencionalidad con el que lo hace. Resumiendo, lo que se observa es que la gente sufre malestar y ansiedad cuando castiga pero sólo si  el agredido no eligió libremente su acción. Cuando de diversas maneras se aumenta la creencia en el libre albedrío se disminuye el malestar que produce castigar.

Si los resultados de este estudio son ciertos parece que podría tener razón Nietzsche que fue el primero en avanzar esta hipótesis como vemos en la figura. Desde el punto de vista evolutivo, estos resultados sugieren que los humanos han podido desarrollar una propensión para creer en el libre albedrío porque permite a la gente superar la aversión a hacer daño a la hora de castigar, siendo el castigo una necesidad de los grupos humanos. En otras palabras, la gente que creyó en el libre albedrío tenía más deseos de castigar a los demás y esto impidió que los delitos y el desorden se extendieran por el grupo. Los grupos en los que no se creyó en el libro albedrío habrían tenido un menor éxito reproductivo y habrían desaparecido.

@pitiklinov

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